(por Itzcoatl Jacinto Vergara)
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El sonido de la pequeña y dura flecha de acero introduciéndose rápida, pero plácidamente en la garganta del cura, provocó un erizamiento placentero en el hombre vestido de negro por la oscuridad del callejón. Una cascada sangrienta emanaba tranquilamente desde la garganta hasta el suelo, salpicando un poco los zapatos de doble tinta del criminal, quien se hizo a un lado con tal de no mancharse. El cura cayó al piso aprisionado por fuertes convulsiones en los miembros, los movimientos frenéticos de la víspera a la muerte; el hombre de negro sacó de su portafolio una lanza de titanio dividida en dos partes que unió, de un lado una punta agudísima y reluciente en forma de crucifijo era tocada por las yemas de los dedos. Levantó al sacerdote aún con vida y, sin desvestirle, comenzó a introducir lenta y dolorosamente la cruz demoníaca por el ano; el servidor de dios daba movimientos espasmódicos con tal de liberarse de su tortura, pero esto agravaba más las cosas, con cada sacudida del cuerpo permitía una entrada de dolor más intensa y el desgarre mayor de los tejidos, además los gritos que daba iban acompañados por escupitajos espesos de sangre, lo cual provocaba una doble salida del líquido rojo. Una carcajada discreta, opresiva a los oídos del cura escapó de los pulmones del asesino; poco a poco la vara metálica iba tomando lugar en el interior del cura pederasta, primero había destrozado por completo la cavidad anal, luego el colon, el estómago, la cavidad torácica hasta salir, ya sin reticencia del cura, por la boca, sellada por una costra seca de sangre. Incorporó el cuerpo inerte del sacerdote, clavó la parte sobrante de la lanza en el basurero cercano a ellos y ahí lo dejó tal monumento artístico dedicado a la vileza de la criminalidad, pero a una criminalidad conspicua, inteligente y escrupulosa. El cuerpo ultrajado todavía dio unos leves espasmos cuando el hombre de negro contempló con ferviente admiración su obra reciente; sacó un pañuelo de un bolsillo de su chaqueta y limpió las tenues manchas de sangre de sus hermosos zapatos. Lo tiró a la cara de su víctima, para después despojarse de sus guantes de cuero negro y guardarlos en las bolsas frontales de su pantalón. No contento con mirar únicamente el cuerpo, se acercó a él e hizo la señal de la cruz con la mano izquierda: “En el nombre del padre, del hijo y del espíritu, amén, padre hijo de tu puta madre, que el infierno sea peor de lo que te he hecho, pendejo, si es que en realidad existe. Espero… sí.”
El sonido de la pequeña y dura flecha de acero introduciéndose rápida, pero plácidamente en la garganta del cura, provocó un erizamiento placentero en el hombre vestido de negro por la oscuridad del callejón. Una cascada sangrienta emanaba tranquilamente desde la garganta hasta el suelo, salpicando un poco los zapatos de doble tinta del criminal, quien se hizo a un lado con tal de no mancharse. El cura cayó al piso aprisionado por fuertes convulsiones en los miembros, los movimientos frenéticos de la víspera a la muerte; el hombre de negro sacó de su portafolio una lanza de titanio dividida en dos partes que unió, de un lado una punta agudísima y reluciente en forma de crucifijo era tocada por las yemas de los dedos. Levantó al sacerdote aún con vida y, sin desvestirle, comenzó a introducir lenta y dolorosamente la cruz demoníaca por el ano; el servidor de dios daba movimientos espasmódicos con tal de liberarse de su tortura, pero esto agravaba más las cosas, con cada sacudida del cuerpo permitía una entrada de dolor más intensa y el desgarre mayor de los tejidos, además los gritos que daba iban acompañados por escupitajos espesos de sangre, lo cual provocaba una doble salida del líquido rojo. Una carcajada discreta, opresiva a los oídos del cura escapó de los pulmones del asesino; poco a poco la vara metálica iba tomando lugar en el interior del cura pederasta, primero había destrozado por completo la cavidad anal, luego el colon, el estómago, la cavidad torácica hasta salir, ya sin reticencia del cura, por la boca, sellada por una costra seca de sangre. Incorporó el cuerpo inerte del sacerdote, clavó la parte sobrante de la lanza en el basurero cercano a ellos y ahí lo dejó tal monumento artístico dedicado a la vileza de la criminalidad, pero a una criminalidad conspicua, inteligente y escrupulosa. El cuerpo ultrajado todavía dio unos leves espasmos cuando el hombre de negro contempló con ferviente admiración su obra reciente; sacó un pañuelo de un bolsillo de su chaqueta y limpió las tenues manchas de sangre de sus hermosos zapatos. Lo tiró a la cara de su víctima, para después despojarse de sus guantes de cuero negro y guardarlos en las bolsas frontales de su pantalón. No contento con mirar únicamente el cuerpo, se acercó a él e hizo la señal de la cruz con la mano izquierda: “En el nombre del padre, del hijo y del espíritu, amén, padre hijo de tu puta madre, que el infierno sea peor de lo que te he hecho, pendejo, si es que en realidad existe. Espero… sí.”