Heridas del tiempo
(por Itzcoatl Jacinto Vergara)
.
El muerto todavía estaba tendido en la casa, la tarde se veía lacerada por la humedad violenta de la lluvia que comenzó a las tres en punto. Eran las tres treinta y cinco, el agua caía brutal sobre su espalda, latigueando sus hombros. Trataba de ir lo más rápido posible, pero la fuerza de los torrentes le ataba a una lentitud acuática. Resoplaba caliente, escupiendo las gotas de lluvia que le incomodaban en sus labios. Las lágrimas escurrían en sus ojos como cenizas imperceptibles. Estaba resignado y, por eso, sólo llevaba su calzón de manta amarrado a su estrecha cintura por un cordón rojo deslavado. Iba descalzo, con las plantas de los pies enlodadas, resbalosas como sobre una alfombra de musgo.
Al estar a veinte metros de la entrada, se quedó quieto, con recelo fijó su mirada sobre la fachada, borrosa por la cortina pluvial, de la mansión. Le parecía la más hermosa construcción que sus ojos hubieran visto, majestuosa e imponente. La reja estaba abierta de par en par, el camino hacia la entrada a la casa estaba atestado de lodo. Qué más daba, sólo presentarse y hacerlo.
Había leído el anuncio en el folleto del pueblo, era lo más adecuado, pagaban bien, el dinero se necesitaba ahora más que nunca.
Al mirar la marca de su pie enlodado en el escalón de la entrada, escuchó el lloriqueo acolchonado de la niña que era más vieja que el tiempo, de la niña con la piel joven por la eternidad, de la niña que tenía las yemas de los dedos enraizadas al pasto. Escuchó y se estremeció, escurriéndosele un vértigo a través de los tejidos, aletargándolo. Volvió a la realidad por los arañazos de la lluvia, descubriéndose con la nariz pegada a la puerta de la mansión. Golpeó con el aldabón y esperó, temeroso de escuchar otra vez a la niña. No hubo respuesta y tocó de nuevo. Esta vez, la puerta se abrió, dejando ver, enmarcado por el vano, el cuerpo enjuto de un sirviente avejentado que, con un ademán displicente, le hizo pasar. Pero no lo hizo, le indicó con la mirada su estado, no quería ensuciar la afelpada alfombra ni mojarla, el mayordomo venía preparado: traía una toalla en el brazo y unas sandalias plásticas sostenidas en vilo a penas con las yemas de los dedos. Él enjuagó el lodo de sus pies con la lluvia y se secó.
Al sentir la suave toalla absorbiendo el agua, se transportó a un letárgico ambiente de tersura relajante. Se calzó las sandalias y entró a la mansión.
Ya adentro, su torso desnudo brilló ante las deslumbrantes lámparas lechosas que iluminaban la estancia llena de objetos que desbordaban lujo. Respiró el vaho fresco de los sillones de fresno, contempló las flores rosas en la mesita de cerezo, se atragantó la mirada con los espejos de marcos de plata fina. Se sintió empequeñecido ante tanta grandeza material. Le parecía no encajar ahí, así lo era, a excepción de las esmeraldas incrustadas en sus ojos, que combinaban perfectamente con los muebles, que contrastaban considerablemente con su piel de bronce.
El portazo del sirviente al cerrar la puerta lo despertó nuevamente. Volteó y lo vio alejarse por un pasillo. Unos cuantos minutos más permaneció estático, esperando a que el señor de traje negro y bigote delgado regresara. Caminó hacia el espejo más grande que vio y se contempló. Recordó lo que iba a hacer, pero no se sintió sucio, al contrario, ya no percibía el bulto oneroso sobre su espalda, se sentía ligero, refrescado; los pensamientos quejumbrosos estaban en alguna otra parte, no en su cabeza, eso era bueno. No existía el miedo ahora. Además el dinero era mucho, se necesitaba de veras; la cosa no debía ser tan difícil.
Volvió a dispersar la mirada lentamente sobre los objetos en la habitación, dando algunos pasos en redondo, que lo llevaron a fijarse otra vez en el espejo más grande –entonces, su cuerpo tembló–. La niña más vieja que el tiempo estaba encerrada en ese cuerpo líquido, sonriéndole tras una gruesa cortina de lágrimas de acero. Esa sonrisa, inextricable, era una mueca de conmiseración por el chico. Los ojos de la niña eran como los de él (aunque los de ella enclaustraban la profundidad del mar), tenían una brillantez cegadora, una limpidez de vientos alpinos, una lucidez de gato. Él también comenzó a llorar, pero ahora lloró a través de sus venas, entremezclando el oxígeno en la sangre con la lluvia de sus penas. La dureza mineral de sus ojos fue aguándose hasta transformarse en jirones de algas marinas, donde nadaron las facciones del muerto, tan quietas tras el beso mortecino. Ese momento de angustia lo resquebrajó la voz aguda del sirviente señalándole impaciente que pasara a la siguiente estancia y esperara sentado en uno de los sillones diseñados por algún artista desconocido del PopArt. Caminó tardo, todavía cohibido. Esa nueva estancia era otro ambiente dentro del sistema de la mansión. No había alfombra y parecía que el frío habitaba ahí desde mucho tiempo. Los golpeteos sobre el suelo lustroso se amplificaban al chocar contra la blancura diáfana de las paredes. La gelidez le provocó un erizamiento de los poros y una gota de aire helado traspasó la longitud ósea de sus vértebras, poniendo sus pezones como pedernales. Avanzó otro poco y se sentó en un sofá que le llenó de conforte, mientras los últimos nervios anclados en su corazón se diluían. Jaló tanto aire como pudo encontrar, liberándolo en un desierto gemido acuático.
Afuera, los latigazos de la lluvia seguían sofocando la otrora aridez del ambiente. El pasto en los jardines meticulosamente arreglados de la mansión estaba siendo herido, casi masacrado por los goterones de agua. La niña más vieja que el tiempo estaba plácidamente sentada sobre una lisa banca de mármol albísimo; sobre ella, la lluvia caía a un ritmo cristalizado, como si las gotas resbalaran lentamente sobre un aire duro, siguiendo la danza del carrusel, subiendo y bajando, pero nunca cayendo completamente en ella. A su lado estaba parado el anciano de silueta ensombrecida, alimentando las pequeñas collarejas que nacían al entroncarse el agua furiosa con los cadáveres del pasto. Les daba alpiste para engordarlos y después atraparlos, mandarlos con el mayordomo a matar y servirlos en la mesa tras un proceso de alta cocina. Los pichones eran su platillo favorito.
La voz del señor de agrietados labios enmarcados por unos bigotes sutilmente recortados rompió otra vez su estado, haciéndole incorporarse rápidamente del sofá. Mantuvo una posición erguida, los brazos pegados a los costados, las algas fijas al cielorraso. El señor le indicó que le siguiera. Caminaron pasillo tras pasillo, habitación tras habitación, cambiando ambientes, alfombras, muebles, espejos, miradas, estremecimientos y respiros. Se detuvieron ante la omnipresencia de una gigantesca puerta de ébano. El mayordomo colocó las manos sobre los picaportes empotrados a las dos hojas de la entrada, los manipuló hacia abajo, empujó hacia adentró y un etéreo golpe de luz dañó los ojos verdes del muchacho, fue como si un fugaz grito luminiscente saliera de la habitación, huyendo de su claustro. El sirviente le ordenó que pasara, él le miró intranquilo a los ojos y se movió más mecánicamente que por su voluntad. El aposento no contrastaba con el lujo de la mansión, al contrario, aquí ese aspecto aumentaba considerablemente. Miró la enorme cama con las sábanas de seda revueltas, sobre ella otro pichón dormido. Caminó alrededor de la cama, azorado, siempre observando al otro. Al otro, blanco como leche de luna, de cabellos de un atardecer con el sol sangrante, de ojos cerrados. Se detuvo y decidió sentarse en un borde para esperar.
El anciano seguía parado al lado de la niña más vieja que el tiempo, pero ya no alimentaba a los animalitos, ahora peinaba con un cepillo incrustado de diamantes el cabello de la niña. Quitó su sombrero y lo puso en el aire. Las manos del anciano eran apenas unas delgadas láminas horadando el espacio. La niña más vieja que el tiempo lo volteó a ver con esos ojos de azuladas oquedades negras, que absorben todo y lo devoran sin piedad. El viejo levantó la mano izquierda para ver en su reloj de oro blanco la hora. Su corazón sufrió un sobresalto. Abandonando todo, dejando los cabellos de la pequeña flotando, se incrustó en el viento, dejándose llevar como hoja de hielo.
En el interior de la mansión irrumpió un poderoso soplo glacial, recorrió cada rincón, azotando puertas, haciendo temblar el agua en los espejos. Provocó un ruido trepidante que llegó hasta la recámara principal. Ahí, el otro desparramó su mirada mielera sobre las sábanas, mientras él sentía su corazón golpeando fuertemente las paredes de su pecho. Por fin, el soplo aterrizó en la alfombra de la alcoba. Poco a poco fue encarnando en una extraña y delgada figura que simulaba ser un anciano; un vejete con los ojos incandescentes, echando llamaradas. Esos ojos lamieron y relamieron la piel de él, haciéndole sentir calosfríos que erizaron su dermis. De pronto, percibió la distensión del cordón en su cintura y la caída de su calzón de manta. Ahora su cuerpo estaba por entero untado por la mirada del anciano, se sintió hechizado. El otro estaba sentado sobre la cama, pero ahora miraba atento la escena. Viendo cómo el viejo incrustaba su mirada en el cuerpo de él. El otro se quitó las sábanas de encima y también entregó su desnudez a las llamaradas del viejo. Su piel blanca comenzó a ruborizarse lentamente. Él fue a acostarse al lado del otro; ahí, ambos sintieron a un mismo tiempo las manos cortantes del anciano, recorriendo sus piernas, jugando con su incipiente vello pubiano, sobando sus penes encogidos, apretujando sus brazos, acariciando sus mejillas imbuidas por una mezcolanza de frío y calor. El vejete desató el cordón de su bata y, ésta, cayó suavemente sobre la alfombra. El otro y él contemplaron una figura lastimera: arrugada por donde más, encogida sobre sí, frágil, quebrantable con cualquier mínimo soplido. El anciano se recostó en la cama en medio de ellos. Ambos sintieron las navajas de los costados del viejo clavándose en sus costillas. El vejete fijó sus ojos en el cielorraso.
La habitación se atiborró de una atmósfera confortante, pero a la vez opresiva. Él empezó a respirar agitadamente; sudó a chorros. El anciano volteó a ver a ambos lados, asegurándose de que los pichones estaban en su lecho, junto a él, dándole su calor adolescente. Se sentó en la cama y fue acostándose, otra vez, lánguidamente mientras cubría con las enormes sábanas los cuerpos, ahora propiedades suyas. Su cuerpo herido por el tiempo, los cuerpos de los pichones frescos, pero tan llenos de ardor juvenil. La niña más vieja que el tiempo se apareció sobre la alfombra, abrió su boca y exhaló una delgada escarcha por toda la habitación.
(por Itzcoatl Jacinto Vergara)
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El muerto todavía estaba tendido en la casa, la tarde se veía lacerada por la humedad violenta de la lluvia que comenzó a las tres en punto. Eran las tres treinta y cinco, el agua caía brutal sobre su espalda, latigueando sus hombros. Trataba de ir lo más rápido posible, pero la fuerza de los torrentes le ataba a una lentitud acuática. Resoplaba caliente, escupiendo las gotas de lluvia que le incomodaban en sus labios. Las lágrimas escurrían en sus ojos como cenizas imperceptibles. Estaba resignado y, por eso, sólo llevaba su calzón de manta amarrado a su estrecha cintura por un cordón rojo deslavado. Iba descalzo, con las plantas de los pies enlodadas, resbalosas como sobre una alfombra de musgo.
Al estar a veinte metros de la entrada, se quedó quieto, con recelo fijó su mirada sobre la fachada, borrosa por la cortina pluvial, de la mansión. Le parecía la más hermosa construcción que sus ojos hubieran visto, majestuosa e imponente. La reja estaba abierta de par en par, el camino hacia la entrada a la casa estaba atestado de lodo. Qué más daba, sólo presentarse y hacerlo.
Había leído el anuncio en el folleto del pueblo, era lo más adecuado, pagaban bien, el dinero se necesitaba ahora más que nunca.
Al mirar la marca de su pie enlodado en el escalón de la entrada, escuchó el lloriqueo acolchonado de la niña que era más vieja que el tiempo, de la niña con la piel joven por la eternidad, de la niña que tenía las yemas de los dedos enraizadas al pasto. Escuchó y se estremeció, escurriéndosele un vértigo a través de los tejidos, aletargándolo. Volvió a la realidad por los arañazos de la lluvia, descubriéndose con la nariz pegada a la puerta de la mansión. Golpeó con el aldabón y esperó, temeroso de escuchar otra vez a la niña. No hubo respuesta y tocó de nuevo. Esta vez, la puerta se abrió, dejando ver, enmarcado por el vano, el cuerpo enjuto de un sirviente avejentado que, con un ademán displicente, le hizo pasar. Pero no lo hizo, le indicó con la mirada su estado, no quería ensuciar la afelpada alfombra ni mojarla, el mayordomo venía preparado: traía una toalla en el brazo y unas sandalias plásticas sostenidas en vilo a penas con las yemas de los dedos. Él enjuagó el lodo de sus pies con la lluvia y se secó.
Al sentir la suave toalla absorbiendo el agua, se transportó a un letárgico ambiente de tersura relajante. Se calzó las sandalias y entró a la mansión.
Ya adentro, su torso desnudo brilló ante las deslumbrantes lámparas lechosas que iluminaban la estancia llena de objetos que desbordaban lujo. Respiró el vaho fresco de los sillones de fresno, contempló las flores rosas en la mesita de cerezo, se atragantó la mirada con los espejos de marcos de plata fina. Se sintió empequeñecido ante tanta grandeza material. Le parecía no encajar ahí, así lo era, a excepción de las esmeraldas incrustadas en sus ojos, que combinaban perfectamente con los muebles, que contrastaban considerablemente con su piel de bronce.
El portazo del sirviente al cerrar la puerta lo despertó nuevamente. Volteó y lo vio alejarse por un pasillo. Unos cuantos minutos más permaneció estático, esperando a que el señor de traje negro y bigote delgado regresara. Caminó hacia el espejo más grande que vio y se contempló. Recordó lo que iba a hacer, pero no se sintió sucio, al contrario, ya no percibía el bulto oneroso sobre su espalda, se sentía ligero, refrescado; los pensamientos quejumbrosos estaban en alguna otra parte, no en su cabeza, eso era bueno. No existía el miedo ahora. Además el dinero era mucho, se necesitaba de veras; la cosa no debía ser tan difícil.
Volvió a dispersar la mirada lentamente sobre los objetos en la habitación, dando algunos pasos en redondo, que lo llevaron a fijarse otra vez en el espejo más grande –entonces, su cuerpo tembló–. La niña más vieja que el tiempo estaba encerrada en ese cuerpo líquido, sonriéndole tras una gruesa cortina de lágrimas de acero. Esa sonrisa, inextricable, era una mueca de conmiseración por el chico. Los ojos de la niña eran como los de él (aunque los de ella enclaustraban la profundidad del mar), tenían una brillantez cegadora, una limpidez de vientos alpinos, una lucidez de gato. Él también comenzó a llorar, pero ahora lloró a través de sus venas, entremezclando el oxígeno en la sangre con la lluvia de sus penas. La dureza mineral de sus ojos fue aguándose hasta transformarse en jirones de algas marinas, donde nadaron las facciones del muerto, tan quietas tras el beso mortecino. Ese momento de angustia lo resquebrajó la voz aguda del sirviente señalándole impaciente que pasara a la siguiente estancia y esperara sentado en uno de los sillones diseñados por algún artista desconocido del PopArt. Caminó tardo, todavía cohibido. Esa nueva estancia era otro ambiente dentro del sistema de la mansión. No había alfombra y parecía que el frío habitaba ahí desde mucho tiempo. Los golpeteos sobre el suelo lustroso se amplificaban al chocar contra la blancura diáfana de las paredes. La gelidez le provocó un erizamiento de los poros y una gota de aire helado traspasó la longitud ósea de sus vértebras, poniendo sus pezones como pedernales. Avanzó otro poco y se sentó en un sofá que le llenó de conforte, mientras los últimos nervios anclados en su corazón se diluían. Jaló tanto aire como pudo encontrar, liberándolo en un desierto gemido acuático.
Afuera, los latigazos de la lluvia seguían sofocando la otrora aridez del ambiente. El pasto en los jardines meticulosamente arreglados de la mansión estaba siendo herido, casi masacrado por los goterones de agua. La niña más vieja que el tiempo estaba plácidamente sentada sobre una lisa banca de mármol albísimo; sobre ella, la lluvia caía a un ritmo cristalizado, como si las gotas resbalaran lentamente sobre un aire duro, siguiendo la danza del carrusel, subiendo y bajando, pero nunca cayendo completamente en ella. A su lado estaba parado el anciano de silueta ensombrecida, alimentando las pequeñas collarejas que nacían al entroncarse el agua furiosa con los cadáveres del pasto. Les daba alpiste para engordarlos y después atraparlos, mandarlos con el mayordomo a matar y servirlos en la mesa tras un proceso de alta cocina. Los pichones eran su platillo favorito.
La voz del señor de agrietados labios enmarcados por unos bigotes sutilmente recortados rompió otra vez su estado, haciéndole incorporarse rápidamente del sofá. Mantuvo una posición erguida, los brazos pegados a los costados, las algas fijas al cielorraso. El señor le indicó que le siguiera. Caminaron pasillo tras pasillo, habitación tras habitación, cambiando ambientes, alfombras, muebles, espejos, miradas, estremecimientos y respiros. Se detuvieron ante la omnipresencia de una gigantesca puerta de ébano. El mayordomo colocó las manos sobre los picaportes empotrados a las dos hojas de la entrada, los manipuló hacia abajo, empujó hacia adentró y un etéreo golpe de luz dañó los ojos verdes del muchacho, fue como si un fugaz grito luminiscente saliera de la habitación, huyendo de su claustro. El sirviente le ordenó que pasara, él le miró intranquilo a los ojos y se movió más mecánicamente que por su voluntad. El aposento no contrastaba con el lujo de la mansión, al contrario, aquí ese aspecto aumentaba considerablemente. Miró la enorme cama con las sábanas de seda revueltas, sobre ella otro pichón dormido. Caminó alrededor de la cama, azorado, siempre observando al otro. Al otro, blanco como leche de luna, de cabellos de un atardecer con el sol sangrante, de ojos cerrados. Se detuvo y decidió sentarse en un borde para esperar.
El anciano seguía parado al lado de la niña más vieja que el tiempo, pero ya no alimentaba a los animalitos, ahora peinaba con un cepillo incrustado de diamantes el cabello de la niña. Quitó su sombrero y lo puso en el aire. Las manos del anciano eran apenas unas delgadas láminas horadando el espacio. La niña más vieja que el tiempo lo volteó a ver con esos ojos de azuladas oquedades negras, que absorben todo y lo devoran sin piedad. El viejo levantó la mano izquierda para ver en su reloj de oro blanco la hora. Su corazón sufrió un sobresalto. Abandonando todo, dejando los cabellos de la pequeña flotando, se incrustó en el viento, dejándose llevar como hoja de hielo.
En el interior de la mansión irrumpió un poderoso soplo glacial, recorrió cada rincón, azotando puertas, haciendo temblar el agua en los espejos. Provocó un ruido trepidante que llegó hasta la recámara principal. Ahí, el otro desparramó su mirada mielera sobre las sábanas, mientras él sentía su corazón golpeando fuertemente las paredes de su pecho. Por fin, el soplo aterrizó en la alfombra de la alcoba. Poco a poco fue encarnando en una extraña y delgada figura que simulaba ser un anciano; un vejete con los ojos incandescentes, echando llamaradas. Esos ojos lamieron y relamieron la piel de él, haciéndole sentir calosfríos que erizaron su dermis. De pronto, percibió la distensión del cordón en su cintura y la caída de su calzón de manta. Ahora su cuerpo estaba por entero untado por la mirada del anciano, se sintió hechizado. El otro estaba sentado sobre la cama, pero ahora miraba atento la escena. Viendo cómo el viejo incrustaba su mirada en el cuerpo de él. El otro se quitó las sábanas de encima y también entregó su desnudez a las llamaradas del viejo. Su piel blanca comenzó a ruborizarse lentamente. Él fue a acostarse al lado del otro; ahí, ambos sintieron a un mismo tiempo las manos cortantes del anciano, recorriendo sus piernas, jugando con su incipiente vello pubiano, sobando sus penes encogidos, apretujando sus brazos, acariciando sus mejillas imbuidas por una mezcolanza de frío y calor. El vejete desató el cordón de su bata y, ésta, cayó suavemente sobre la alfombra. El otro y él contemplaron una figura lastimera: arrugada por donde más, encogida sobre sí, frágil, quebrantable con cualquier mínimo soplido. El anciano se recostó en la cama en medio de ellos. Ambos sintieron las navajas de los costados del viejo clavándose en sus costillas. El vejete fijó sus ojos en el cielorraso.
La habitación se atiborró de una atmósfera confortante, pero a la vez opresiva. Él empezó a respirar agitadamente; sudó a chorros. El anciano volteó a ver a ambos lados, asegurándose de que los pichones estaban en su lecho, junto a él, dándole su calor adolescente. Se sentó en la cama y fue acostándose, otra vez, lánguidamente mientras cubría con las enormes sábanas los cuerpos, ahora propiedades suyas. Su cuerpo herido por el tiempo, los cuerpos de los pichones frescos, pero tan llenos de ardor juvenil. La niña más vieja que el tiempo se apareció sobre la alfombra, abrió su boca y exhaló una delgada escarcha por toda la habitación.

