Tuesday, October 31, 2006

Heridas del tiempo
(por Itzcoatl Jacinto Vergara)
.
El muerto todavía estaba tendido en la casa, la tarde se veía lacerada por la humedad violenta de la lluvia que comenzó a las tres en punto. Eran las tres treinta y cinco, el agua caía brutal sobre su espalda, latigueando sus hombros. Trataba de ir lo más rápido posible, pero la fuerza de los torrentes le ataba a una lentitud acuática. Resoplaba caliente, escupiendo las gotas de lluvia que le incomodaban en sus labios. Las lágrimas escurrían en sus ojos como cenizas imperceptibles. Estaba resignado y, por eso, sólo llevaba su calzón de manta amarrado a su estrecha cintura por un cordón rojo deslavado. Iba descalzo, con las plantas de los pies enlodadas, resbalosas como sobre una alfombra de musgo.
Al estar a veinte metros de la entrada, se quedó quieto, con recelo fijó su mirada sobre la fachada, borrosa por la cortina pluvial, de la mansión. Le parecía la más hermosa construcción que sus ojos hubieran visto, majestuosa e imponente. La reja estaba abierta de par en par, el camino hacia la entrada a la casa estaba atestado de lodo. Qué más daba, sólo presentarse y hacerlo.
Había leído el anuncio en el folleto del pueblo, era lo más adecuado, pagaban bien, el dinero se necesitaba ahora más que nunca.
Al mirar la marca de su pie enlodado en el escalón de la entrada, escuchó el lloriqueo acolchonado de la niña que era más vieja que el tiempo, de la niña con la piel joven por la eternidad, de la niña que tenía las yemas de los dedos enraizadas al pasto. Escuchó y se estremeció, escurriéndosele un vértigo a través de los tejidos, aletargándolo. Volvió a la realidad por los arañazos de la lluvia, descubriéndose con la nariz pegada a la puerta de la mansión. Golpeó con el aldabón y esperó, temeroso de escuchar otra vez a la niña. No hubo respuesta y tocó de nuevo. Esta vez, la puerta se abrió, dejando ver, enmarcado por el vano, el cuerpo enjuto de un sirviente avejentado que, con un ademán displicente, le hizo pasar. Pero no lo hizo, le indicó con la mirada su estado, no quería ensuciar la afelpada alfombra ni mojarla, el mayordomo venía preparado: traía una toalla en el brazo y unas sandalias plásticas sostenidas en vilo a penas con las yemas de los dedos. Él enjuagó el lodo de sus pies con la lluvia y se secó.
Al sentir la suave toalla absorbiendo el agua, se transportó a un letárgico ambiente de tersura relajante. Se calzó las sandalias y entró a la mansión.
Ya adentro, su torso desnudo brilló ante las deslumbrantes lámparas lechosas que iluminaban la estancia llena de objetos que desbordaban lujo. Respiró el vaho fresco de los sillones de fresno, contempló las flores rosas en la mesita de cerezo, se atragantó la mirada con los espejos de marcos de plata fina. Se sintió empequeñecido ante tanta grandeza material. Le parecía no encajar ahí, así lo era, a excepción de las esmeraldas incrustadas en sus ojos, que combinaban perfectamente con los muebles, que contrastaban considerablemente con su piel de bronce.
El portazo del sirviente al cerrar la puerta lo despertó nuevamente. Volteó y lo vio alejarse por un pasillo. Unos cuantos minutos más permaneció estático, esperando a que el señor de traje negro y bigote delgado regresara. Caminó hacia el espejo más grande que vio y se contempló. Recordó lo que iba a hacer, pero no se sintió sucio, al contrario, ya no percibía el bulto oneroso sobre su espalda, se sentía ligero, refrescado; los pensamientos quejumbrosos estaban en alguna otra parte, no en su cabeza, eso era bueno. No existía el miedo ahora. Además el dinero era mucho, se necesitaba de veras; la cosa no debía ser tan difícil.
Volvió a dispersar la mirada lentamente sobre los objetos en la habitación, dando algunos pasos en redondo, que lo llevaron a fijarse otra vez en el espejo más grande –entonces, su cuerpo tembló–. La niña más vieja que el tiempo estaba encerrada en ese cuerpo líquido, sonriéndole tras una gruesa cortina de lágrimas de acero. Esa sonrisa, inextricable, era una mueca de conmiseración por el chico. Los ojos de la niña eran como los de él (aunque los de ella enclaustraban la profundidad del mar), tenían una brillantez cegadora, una limpidez de vientos alpinos, una lucidez de gato. Él también comenzó a llorar, pero ahora lloró a través de sus venas, entremezclando el oxígeno en la sangre con la lluvia de sus penas. La dureza mineral de sus ojos fue aguándose hasta transformarse en jirones de algas marinas, donde nadaron las facciones del muerto, tan quietas tras el beso mortecino. Ese momento de angustia lo resquebrajó la voz aguda del sirviente señalándole impaciente que pasara a la siguiente estancia y esperara sentado en uno de los sillones diseñados por algún artista desconocido del PopArt. Caminó tardo, todavía cohibido. Esa nueva estancia era otro ambiente dentro del sistema de la mansión. No había alfombra y parecía que el frío habitaba ahí desde mucho tiempo. Los golpeteos sobre el suelo lustroso se amplificaban al chocar contra la blancura diáfana de las paredes. La gelidez le provocó un erizamiento de los poros y una gota de aire helado traspasó la longitud ósea de sus vértebras, poniendo sus pezones como pedernales. Avanzó otro poco y se sentó en un sofá que le llenó de conforte, mientras los últimos nervios anclados en su corazón se diluían. Jaló tanto aire como pudo encontrar, liberándolo en un desierto gemido acuático.

Afuera, los latigazos de la lluvia seguían sofocando la otrora aridez del ambiente. El pasto en los jardines meticulosamente arreglados de la mansión estaba siendo herido, casi masacrado por los goterones de agua. La niña más vieja que el tiempo estaba plácidamente sentada sobre una lisa banca de mármol albísimo; sobre ella, la lluvia caía a un ritmo cristalizado, como si las gotas resbalaran lentamente sobre un aire duro, siguiendo la danza del carrusel, subiendo y bajando, pero nunca cayendo completamente en ella. A su lado estaba parado el anciano de silueta ensombrecida, alimentando las pequeñas collarejas que nacían al entroncarse el agua furiosa con los cadáveres del pasto. Les daba alpiste para engordarlos y después atraparlos, mandarlos con el mayordomo a matar y servirlos en la mesa tras un proceso de alta cocina. Los pichones eran su platillo favorito.
La voz del señor de agrietados labios enmarcados por unos bigotes sutilmente recortados rompió otra vez su estado, haciéndole incorporarse rápidamente del sofá. Mantuvo una posición erguida, los brazos pegados a los costados, las algas fijas al cielorraso. El señor le indicó que le siguiera. Caminaron pasillo tras pasillo, habitación tras habitación, cambiando ambientes, alfombras, muebles, espejos, miradas, estremecimientos y respiros. Se detuvieron ante la omnipresencia de una gigantesca puerta de ébano. El mayordomo colocó las manos sobre los picaportes empotrados a las dos hojas de la entrada, los manipuló hacia abajo, empujó hacia adentró y un etéreo golpe de luz dañó los ojos verdes del muchacho, fue como si un fugaz grito luminiscente saliera de la habitación, huyendo de su claustro. El sirviente le ordenó que pasara, él le miró intranquilo a los ojos y se movió más mecánicamente que por su voluntad. El aposento no contrastaba con el lujo de la mansión, al contrario, aquí ese aspecto aumentaba considerablemente. Miró la enorme cama con las sábanas de seda revueltas, sobre ella otro pichón dormido. Caminó alrededor de la cama, azorado, siempre observando al otro. Al otro, blanco como leche de luna, de cabellos de un atardecer con el sol sangrante, de ojos cerrados. Se detuvo y decidió sentarse en un borde para esperar.
El anciano seguía parado al lado de la niña más vieja que el tiempo, pero ya no alimentaba a los animalitos, ahora peinaba con un cepillo incrustado de diamantes el cabello de la niña. Quitó su sombrero y lo puso en el aire. Las manos del anciano eran apenas unas delgadas láminas horadando el espacio. La niña más vieja que el tiempo lo volteó a ver con esos ojos de azuladas oquedades negras, que absorben todo y lo devoran sin piedad. El viejo levantó la mano izquierda para ver en su reloj de oro blanco la hora. Su corazón sufrió un sobresalto. Abandonando todo, dejando los cabellos de la pequeña flotando, se incrustó en el viento, dejándose llevar como hoja de hielo.
En el interior de la mansión irrumpió un poderoso soplo glacial, recorrió cada rincón, azotando puertas, haciendo temblar el agua en los espejos. Provocó un ruido trepidante que llegó hasta la recámara principal. Ahí, el otro desparramó su mirada mielera sobre las sábanas, mientras él sentía su corazón golpeando fuertemente las paredes de su pecho. Por fin, el soplo aterrizó en la alfombra de la alcoba. Poco a poco fue encarnando en una extraña y delgada figura que simulaba ser un anciano; un vejete con los ojos incandescentes, echando llamaradas. Esos ojos lamieron y relamieron la piel de él, haciéndole sentir calosfríos que erizaron su dermis. De pronto, percibió la distensión del cordón en su cintura y la caída de su calzón de manta. Ahora su cuerpo estaba por entero untado por la mirada del anciano, se sintió hechizado. El otro estaba sentado sobre la cama, pero ahora miraba atento la escena. Viendo cómo el viejo incrustaba su mirada en el cuerpo de él. El otro se quitó las sábanas de encima y también entregó su desnudez a las llamaradas del viejo. Su piel blanca comenzó a ruborizarse lentamente. Él fue a acostarse al lado del otro; ahí, ambos sintieron a un mismo tiempo las manos cortantes del anciano, recorriendo sus piernas, jugando con su incipiente vello pubiano, sobando sus penes encogidos, apretujando sus brazos, acariciando sus mejillas imbuidas por una mezcolanza de frío y calor. El vejete desató el cordón de su bata y, ésta, cayó suavemente sobre la alfombra. El otro y él contemplaron una figura lastimera: arrugada por donde más, encogida sobre sí, frágil, quebrantable con cualquier mínimo soplido. El anciano se recostó en la cama en medio de ellos. Ambos sintieron las navajas de los costados del viejo clavándose en sus costillas. El vejete fijó sus ojos en el cielorraso.
La habitación se atiborró de una atmósfera confortante, pero a la vez opresiva. Él empezó a respirar agitadamente; sudó a chorros. El anciano volteó a ver a ambos lados, asegurándose de que los pichones estaban en su lecho, junto a él, dándole su calor adolescente. Se sentó en la cama y fue acostándose, otra vez, lánguidamente mientras cubría con las enormes sábanas los cuerpos, ahora propiedades suyas. Su cuerpo herido por el tiempo, los cuerpos de los pichones frescos, pero tan llenos de ardor juvenil. La niña más vieja que el tiempo se apareció sobre la alfombra, abrió su boca y exhaló una delgada escarcha por toda la habitación.

Sunday, October 29, 2006

Páginas
(por un servidor)
.
Y de nuevo me encuetro aquí, cigarro en mano, vaso con whisky semi lleno o tal vez semi vacio(qué importa), pensar que tengo temor de pasar la hoja, de saber que sigue, es exitante tener un buen libro, una de esas joyas que te absorbern lentamente hasta que llega el punto de ser ignorante, de tener la incognita y no saber si la sigiente página será un asco. Pongo el exlibris, me limpio el sudor aceitoso del rostro y termino cerrando el libro. Tal vez cierto día decida cambiar de hoja.

libros.jpg

Friday, October 20, 2006

Un llanto en el escenario
(por José Tomás Gutiérrez)
.
En el backstage de un escenario, a una hora de la tocada más importante de mi magna carrera, reposaba en mi camerino. José Tomás Gutiérrez, el músico más famoso del mundo, guitarrista del grupo de Symphonic-Celtic-Quantic-Metal G-Suicida. Me encontraba algo nervioso puesto que estaba atiborrado el lugar. Era un viernes de número trece, estaba en el apogeo de mi carrera como músico, pero recordaba algo, era supersticioso, esa era la razón de mi nerviosismo, y aunque la razón de mi nerviosismo era muy poco justificable, no tenía otra opción que seguir con mi comportamiento supersticioso arraigado ya más de 20 años.
-Qué lento pasa el tiempo cuando uno está nervioso- pensaba, apenas habían transcurrido 15 minutos y mi desesperación aumentaba. El manager del grupo entró al camerino y me explicó cómo se encontraba la situación, hizo un diagrama de cómo se iba a acomodar el grupo entrando al escenario, ya que siempre son importantes esos detalles para tener una buena organización y un trabajo profesional. Después de dejarlo en claro se retiró.
Estaba esperando, faltaban escasos 30 minutos. Sonó algo, un timbre aturdidor que me sorprendió e incluso me asustó, era mi teléfono privado, contesté de inmediato.
-¿Bueno, quién habla?
Nadie contestó, sólo se podía oír la respiración de una persona, pero nadie hablaba, procedí a colgar el teléfono. Después de meditar y poner mi mente en claro, logré tranquilizarme bastante.
-A correr, ya. Ya es la hora del espectáculo, todos listos-. Salimos para ser recibidos por las millones de personas que asistieron al concierto, y a los miles de millones de personas que lo veían televisado alrededor del mundo.
Se oscureció todo el escenario, y de repente se oyó un estruendo y una voz entonaba una melodía, el vocalista empezaba con el espectáculo que todos esperaban, parecía un circo, todos gritaban, se jaloneaban, se peleaban por estar hasta el frente de la pista, sólo por verme. De atuendo recuerdo que llevaba una extraña máscara letal negra de piel con picos, un pantalón de mezclilla negra muy roída y un manto negro, con contrastes rojos, parecido al de un monje, sólo que tenía el logotipo del grupo bordado en la parte trasera al nivel de la espalda. Empezamos tocando la tan famosa “Chingadera”, la gente enloqueció aún más, todos los integrantes del grupo estábamos desempeñando un papel magnífico, notas claras, “solos” impecables, una vocalización sublime, un espectáculo de primera. Enseguida, habiendo acabado la canción, los gritos, aplausos y la euforia de la gente no se hicieron esperar, el vocalista estaba animando a la gente como de costumbre, como en cualquier otra tocada.
En pleno escenario, vi volar un papel arrugado que había llegado hasta mí, fuera de botellas y demás basura, éste me llamó la atención, además había caído justo junto a mí, me agaché, lo recogí y lo extendí. Era un pedazo de papel blanco con un nombre escrito, decía: “Sakura Takeshiki”, era el nombre de mi ex novia, la cual me había destrozado el corazón hacía ya varios años, con sus grandes y bellos ojos azul claro y su bello cuerpo, no muy exuberante, le podían arrebatar el corazón a cualquiera, cual era mi caso. ¿Sería cierto? ¿Acaso estaba ahí la joven Sakura? Que con tan hermosa y singular sonrisa podía cautivar a cual bestia fuere.

Todavía llevo el recuerdo de aquel día fatídico, el 14 de Febrero de hace dos años. Era de mañana, todo parecía ir bien. Por esos días estaba lloviendo muy seguido, así que decidí no arriesgarme y me llevé un paraguas. Me preparaba para ir al parque con Sakura como habíamos acordado. De paso para su casa, compré un ramo de frescas rosas preciosas, de un color rojo intenso. Llegué a su casa dándole un saludo caluroso y le entregué aquel ramo de rosas hermosas, tan llenas de vida, tan olorosas, Sakura las recibió con gran aprobación. Llegamos al parque, nos sentamos y hablamos por horas, como era de costumbre. Todo iba excelente hasta que la expresión en su rostro cambió por completo, y soltó toda la verdad, ya me quería votar desde hace un rato, me dijo que ya no le parecía atractivo. Me sequé por completo, mi corazón se hizo en trozos. Empezó a llover y en la oscuridad de la noche, ella desapareció como un fantasma, dejándome solo con mis rodillas en el piso, las flores en mis manos y un paraguas que no utilicé esa noche, fue la experiencia más desagradable que haya experimentado. Regresé destrozado y humillado a mi casa, empapado y con el corazón desgarrado. Ese fue el último recuerdo que tenía de ella.

Estaba en la cima de mi carrera, no podía detenerme a pensar en eso, pero el lazo que tuve con ella fue grande y no podía dejar de pensar en ella. Estaba a punto de empezar la segunda canción “Damned Horse”, la gente enloqueció al saber qué canción era, se empezaban a subir al escenario y a hacer “body surfing”[1], era toda una locura.
Al concluir la segunda canción, la gente se calmó un poco, pero a lo lejos se veía a alguien que trataba de subir al escenario, vaya que fue toda una sorpresa saber quien era, era la joven Sakura Takeshiki, que corría hacia mí, me retiré la máscara y la esperaba con los brazos abiertos. Por fin el momento que tanto había deseado desde hace dos años atrás, al momento de abrazarla me olvidé por completo de mi superstición, de la presión que guardé durante la gira, sólo un momento con ella me devolvió la vida que ella misma me arrebató. La multitud calló, y pronto el lugar se vio inmerso en un silencio profundo, un vacío sepulcral inhumante, que ultimó por completo el bullicio que había prevalecido durante toda la jornada.
-¡Bésame!- Me susurró ella al oído con un deseo ardiente y pasional. Mientras, la gente se desesperó y enloqueció repentinamente, creo que no les agradó la imagen. Se empezaron a empujar, jalonear, varias peleas simultáneas se realizaban, jalaban el snake[2] y los cables de multifilamento de oro del ingeniero en audio, sumamente costosos por cierto.
Llegaron dos patrullas con intenciones de calmar a la turba iracunda, pero no se calmaron, de hecho se mostraron más agresivos que al principio, pronto aventé mi guitarra, tomé a Sakura de la mano y corrimos como locos, salimos por el estacionamiento de los músicos y seguimos corriendo. Al cabo de un rato nos encontrábamos en unas canchas en quién sabe dónde, creo que por “San Juan de Dios”.
Estábamos sentados, ahí, viéndonos, contemplándonos, admirando el milagro de la existencia, la tomé de la mano con toda la delicadeza que se merece una princesa y la miré a los ojos, ella se ruborizó, seguramente no se esperaba mi reacción después de esos dos años, le dije: -Dichosa la mañana que se opaca con tu belleza, dueña de mi corazón.- Ella agachó la mirada, derramó una lágrima, y sin más, rompió en llanto. Ella estaba feliz de que estuviera a su lado, porque después de vivir lejos de mí y experimentar relaciones con otras personas, se dio cuenta que eran personas falsas, personas que no podían ver más allá de su nariz, que no sabían apreciar lo que estaba más allá de lo superfluo, aunque el tiempo lo pudre todo, siempre hay algo que permanece. Ella ya lo había entendido, cuando estás mucho tiempo con una persona no te aburres de ella, te aburres de ti.

Pasó la noche, más lenta que nunca, nos besamos, y compartimos sentimientos, lloramos, demasiadas emociones por una noche, hace unas horas iba a culminar mi carrera, y ahora mi carrera, mis 20 años de trayectoria musical, se habían derrumbado en tan sólo unos minutos. A fin de cuentas estoy seguro que vale más la pena no vivir solo el resto de mi vida.
Las estrellas jugaban a rozarse esa noche, más lejos que el cielo, en el espacio, en donde está esa mancha inmensa, con esa oscuridad tan profunda, abismal, el espacio infinito, tan infinito como nuestro amor. En ese momento no necesitamos jurarnos nada, se sentía algo diferente, una sensación como de un fuego que nunca se apagará.
Ese amor perdurará a través del tiempo y del espacio, y ni en el Apocalipsis, ni ningún “Dios” podrá destruir nunca.
-Qué lento pasa el tiempo-.
------------------------------------------------------------------------------------------------
[1] Body Surfing, tipo de baile, consiste en aventarse y flotar en el público mismo.
[2] Snake, conjunto de cables balanceados y desbalanceados que se utilizan en las tocadas y en estudios de grabación para facilitar la conexión de instrumentos y micrófonos a una bahía de parcheo.

Tuesday, October 17, 2006

La colina
(por García Arce Luis Felipe)
.
Estoy conduciendo un coche, rápido, a lo largo de los acantilados eran hermosos delineaban el camino que había entre aquí y allá. A mi izquierda destella el azul mediterráneo, al la derecha la tiza de los barrocos acantilados que son capaces de ocultar todo rastro de la luz del sol.
Me preocupo cada vez mas, el coche va recolectando velocidad parece que mis frenos han sido saboteados, mas rápidamente, mas rápidamente la película de los acantilados se ve cada vez mas lejana. Me veo forzado a hacer cierto malabarismo, hasta que patino hábilmente en algún sitio repleto de carbón, donde mi amante aguarda, resplandeciente en un apartamento alineado, brillante, aterciopelado, en ese lugar que pasa por arriba de la playa, “Episodio”, me veo reflejado, casi abandonado, pero con precaución los dos nos enganchamos en inventivos juegos, mientras tanto, abajo, la noticia, un grupo de gente decidió de repente desaparecer y esto siguió en aquel lugar que llamaban hogar, no explicaron razones simplemente se fueron.
Nunca le di importancia, era vana y absurda la idea de necesitar de aquellos y solíamos reírnos mucho de eso, pensé; puede ser cualquier cosa y mencione cualquier clase de repetidos eventos catastróficos mientras mas gente deseaba irse, pensé en la pérdida de sus ojos, pensé en la capacidad de la mente e inclusive en una gripe, si!!, eso era, una gripe la gente desaparece por una gripe, no es tan difícil de imaginar, por el momento yo no sabia nada de mi amante, pero ella siempre aguardaba y nunca desesperaba, de hecho ella llegaba a irritarme, pero con un poco de calma todas esas calamidades y esas miradas de odio, quedaban olvidadas una y otra y otra vez lo mismo, ¡Camino con usted! , ¡Camino con usted!
La gente comenzó a desaparecer por los viejos rumbos de “Episodio” y una vez mas salí e intente buscar que hacia a la gente irse, nunca logre mejorar las cosas con esas personas, me aburrían sus historia. Ya entonces comencé a hacer una lista de amigos a partir del pasado, la lista era mas inteligente que yo, estaba llena de abandonos arrepentidos y oportunidades faltadas, quisiera estar en la arena ahí donde el velador no me espía o por lo menos no noto su presencia, tiene tiempo que no lo veo con su salivación anticipada, sus graciosos movimientos y sus retorcidos giros que daba por todo mi apartamento, pero mi amante no lo mencionaba, ni siquiera una vela, un soplo de esperanza, idealizaba mis opciones, entregarle mi alma o poseer un alma sin validación, algo rutinario, llegaba y el velador me contaba historias , acerca de sus fascinantes travesías por terrenos de lobos y de algunas mujeres que estaban ahí cuando yo era un ser vivo.
Tiempo después los mismos ojos, centellantes, y entonces descubrí, ¡era el velador! El desaparecía a la gente y la dejaba sola, era su misión, por eso lo veía, pero a mi no me había arrebatado mi amante, ella seguía fija como cualquier otra y poco a poco lo olvide deje de verla un tiempo pero el velador seguía quitando gente, gente con dientes, gente con narices, gente común, tiempo después converse con el, dijo que nada era la verdad, y que nada había que quitarme, puesto que yo, ya hace tiempo yacía solo en mi apartamento, besando a mi amante y esperando por que la colina se derrumbara.

Monday, October 16, 2006

¡Que tal lectores! originalmente este blog fue diseñado para la publicación de cuentos pero gracias a un mensaje que recibi he decidido publicar poesía de vez en cuando. Espero que no les moleste. Adios.
.
RUTINA
(por Daniel Malpica)
.
todos los días...
en la esquina de
mi casa... en
el mismo
instante... se para
un teporocho al que
le cuelga una
botella vacía
que dice:
.
regálenme un poco
de soledad

Tuesday, October 10, 2006

Hombre ahora preso
(por Ivan Ortega)

Mientras su mujer está al teléfono, un hombre sale a la calle y camina sin (aparente) rumbo fijo. Despues de diez minutos se encuentra con su colega, y se dirigen haca la casa que habian planeado robar. Al entrar a la ya mencionada casa, este hombre se sorprende pues la ploicía ya lo esperaba. Se habian enterado del robo diez minutos antes gracias a la llamada de la esposa de este hombre ahora preso.
.
Una suerte darse cuenta de la falta del zapato
(por Ivan Ortega)

Un hombre se dio cuenta de que le faltaba un zapato mientras corria, entonces dio media vuelta y regreso a su casa. En el camino iba pensando que fue una suerte darse cuenta de la falta del zapato no muy lejos de su casa, ya que, si pisaba un clavo le doleria.
.
Manera sencilla de llegar a ser jefe de oficina
(por Ivan Ortega)

Un hombre se despierta tarde un dia y falta al trabajo. Curiosamente al otro dia le sucede lo mismo, asi que enfadado corre a comprar un despertador. Pero en la noche la bateria de su nuevo despertador se agota, asi que vuelve a despertarse tarde y de nuevo falta al trabajo, lo cual provoca la ira de su jefe de oficina quien le manda una carta anunciandole que-esta-despedido. Sólo que aquella carta se perde entre el correo y jamas llega a su destino. Así hasta que un dia en que ,de puro milagro, este hombre logra despertarse temprano y va al trabajo, su jefe de oficina muere atropellado por un microbus, y el, al ser el empleado que má empeño habia demostrado (sin contar los dias en que despero tarde y falto al trabajo), adquiere rápidamente el puesto de jefe de oficina.

Sunday, October 08, 2006

Permutaciones
(por Daniel Malpica)

No podía dejar de pensar que tal vez sería Siberia, todo era muy azul, muy blanco, muy azul... mis pies (descalzos), tenían esa tonalidad grisácea de la hipotermia, pero curiosamente no sentía frío. A pesar de haber nevisca no podía ver más allá de cien, ciento cincuenta metros, solo sabía que caminaba hacia delante. Las pocas cosas que parecían humanas terminaban siendo arbustos, árboles o algún grupo de rocas; por lo que simplemente decidí dejar de hablarles. Pensaba que sería grandioso si me encontrara a los Cosacos, tal vez aprendería a usar el sable o a montar a caballo, y después le contaría a Elisa de mis grandes hazañas y mis fantásticas jornadas, quien sabe; yo, seguía caminando, pero ahora buscaba un teléfono, no puedo creer que yo esté en este lugar y Elisa ni enterada. Traté de meter la mano en el bolsillo en búsqueda de un móvil, pero para mi sorpresa, no tenia bolsillos, es más, mi vestimenta era extraña, como de animal y llena de muy aparentemente buenas costuras. Tras un rato de monótona caminata, noté que tenía unas cuantas heridas congeladas en el vientre, me extrañó no sentir dolor alguno. Al cabo de unas horas, me di cuenta de que ya ni siquiera caminaba, mi rostro tocaba directamente la tersa nieve y había dejado de precisar movimiento alguno...
No podía dejar de pensar que talvez sería Siberia, por alguna razón me encontraba en el suelo sin poder levantarme y sentía que no podía mantenerme despierto. La leña crujía con el fuego y Elisa se encontraba sentada frente a la chimenea, totalmente desnuda, mirándome y calentando hasta al más minúsculo rincón de la sala. Mi rostro crujía con el hielo ante mis gestos, mis dedos rasgaban inútilmente la nieve en busca de esa ya lejana imagen, y mis ojos veían la final y opaca figura del frío...

Por lo visto a Elisa le encantan los huevos puesto que cada mañana me prepara un omelet, y no es que los odie pero, ¿que no podría variarle de ves en cuando?, algunas persona llegan a cansarse de la rutina. Desayunamos escuchando las variaciones golberg que tanto le gustan a Elisa y después de un breve coqueteo frente al lavabo; se despidió de mi recordándome entre besos que nos reuniríamos en el café La Blanca esa tarde para festejar mi cumpleaños atrasado. Ya de tarde, en el café, Elisa y yo platicamos de cómo Nicolás (amigo de infancia) se mofaba de lo curioso que sonaban nuestros nombres juntos -Elías y Elisa, que puta costumbre tan fea esa de los padres al darle en la madre a los hijos con los nombres- decía; y efectivamente, era una combinación bastante graciosa. Horas después Elisa me regaló por mi cumpleaños (que no habíamos podido festejar por cuestiones de trabajo) un libro con fotografías de veinte pueblos rusos, se veía bastante bueno. Después me comento que el verdadero regalo llegaría ya entrada la noche, a lo que muy estúpidamente respondí -¿que regalo?- puesto que yo ya sabía de que se trataba. Por la noche en el departamento, hice mi labor y nos quedamos dormidos.
Un fortísimo aspaviento producido por Elisa me despertó ese miércoles, danzaba por todos lados y gritaba -¡está nevando Elías nevando!- a lo que yo cansado (producto de una noche de amor) contesté -umm... que bien...- inmediatamente y de un brinco, Elisa se montó sobre mi y muy dulcemente susurro a mi oído -párate niño, pareces oso- la tomé de los brazos y violentamente (pero sin lastimarla) la volteé sobre la cama hasta quedar encima de ella, la besé, rió dulcemente y muy jocosa me dijo -párate sí- después me levanté y miré por la ventana, quedé asombrado al ver que realmente estaba nevando, nevando en el centro de la Ciudad de México. Nos vestimos algo lento (ya que era difícil vestirme y desvestirla a la vez) y salimos por la nunca antes vista escalera nevada de la vieja vecindad, era bellísima, tanto que no queríamos bajar por ella, pero al final tuvimos que hacerlo. Una vez afuera, nos divertimos exhaustivamente, Elisa bailaba y cantaba y comía nieve, era como jugar en un enorme vergel blanco. Ese día recorrimos muchas partes de la ciudad, naturalmente visitamos el centro y vimos el Palacio Nacional pintado de paz.
En la noche, Elisa muy coquetamente me pidió que le preguntara a Nicolás si nos podría prestar su cabaña de la Marquesa para que pasáramos el fin de semana, a lo que no me pude resistir (hacerle el amor en una cabaña nevada solo sucede una vez). Nicolás acepto y me dijo que pasaba a las ocho para entregarme las llaves de la cabaña.
El jueves fue un día muy simple, Elisa se levantó hasta tarde y Nicolás llegó a la hora acordada, no se quedó mucho tiempo así que me sobró todo un día para leer el libro que me regalo Elisa. Por la tarde salí a comprar unas botellas de vino para nuestro romántico fin de semana, y por ahí de las diez nos quedamos dormidos.
Nos levantamos temprano, Elisa arregló las maletas, nos bañamos juntos y ya por ahí de las siete de la tarde salimos hacia la cabaña. Una vez que llegamos, me percaté de que había olvidado las botellas de vino, por lo que decidí salir a comprar otras a la vinatería más cercana (lo que en términos de cálculo y considerando la hora pico, serían ciento veinte minutos). Saliendo pude notar el rostro de Elisa al saber que nos habíamos perdido el primero de nuestros tres días de sexo de tiempo completo. Mientras manejaba, descubrí angustiosamente de que sin importar cuanto hiciera, era más práctico (y económico), regresar a casa por las botellas.
Al llegar (con la prisa de no dejar esperando a Elisa), tropecé con una de las alfombras de la sala tirando las botellas de vino sobre mi regalo; quedó total mente arruinado, cada una de las páginas habían sido manchadas, apresuradamente limpie todo desorden con temor a que Elisa lo notase y metí el libro en la guantera esperando comprar uno nuevo el lunes por la mañana, encendí el auto (con una irónica sonrisa de que todo estaba bien) y me dirigí lo más rápido posible a la vinatería... De regreso a la cabaña por la carretera y mentando madres por el hastío ya pasado en la ciudad, observe que se encontraba un señor pidiendo ayuda (puesto que parecía que se le había descompuesto el automóvil), me estacioné no muy lejos y me baje preguntándole que si no necesitaba ayuda, el hombre no respondió, lo que me pareció algo extraño, sin embargo, no dudé en acercarme. Justo en el instante que lo tuve a menos de diez metros, pude ver a cuadros las imágenes del hombre que corría hacia mi sacando un desarmador de su chaqueta y atravesando mi estomago una y otra y otra vez, como si fuese yo un corriente pedazo de carne; ya en el suelo sentí como todavía se tomó tiempo de robarme los zapatos y por ultimo me arrojo hacia el sendero anexo de al carretera, rodé por un largo rato hasta que caí sobre un arbusto semiseco. Con las pocas fuerzas que tenía y tocando las no muy extendidas pero profundas heridas del vientre, pude levantarme y comencé a caminar en busca de subvención, solo deseaba salvar mi vida...

POESÍA EN VOZ ALTA 06
El jueves 5 de 2006 comenzó la segunda edición del Festival Poesía en Voz Alta donde diversas tradiciones orales actuales buscan mantener un diálogo crítico y generacional tanto con nuestras tradiciones literarias clásicas como con formas literarias emergentes como son el Performance Poetry, Dub Poetry, Spoken Word, Poesía Devrayativa y la poesía multimedia y escénica las cuales exploran la relación de la poesía con la música, el lenguaje, y la escritura en relación con el sonido, el ritmo y las nuevas tecnologías.
Proclamación de Inmortalidad
(por Monsivais García Aldo)

La última semana del nostálgico y naranja otoño de 1871, mi última semana de estancia en El Cairo, compré un pequeño cofre de ébano con preciosas incrustaciones en marfil. La verdad es que ignoro la procedencia de dicho cofre, pero más aún, la autenticidad del misterioso manuscrito que he hallado dentro, el cual ha sido escrito al reverso de una página redactada en latín.
Tal vez sólo sean delirios de una mente fantástica, pero espero que aquel que lo lea pueda disfrutarlo al igual que yo lo hice, a pesar de mis limitados conocimientos.

(La fecha junto con la primera parte del relato es ilegible a causa del deterioro, además de tener la apariencia de haber sido expuesto levemente al fuego.)

…han encerrado. He errado estos pasajes durante toda una vida. He olvidado la frescura del Eufrates y el Tigris, la suavidad del viento mediterráneo rozando mis pulmones, el resplandor del mismo Sol…He empezado a desconocer el mundo exterior. Empiezo, incluso, a desconocer el cuerpo como parte mía. Mis ojos empiezan a rechazar lo estético de las formas materiales. Ahora los oídos desconocen el rozar de la pluma, la nariz ha perdido el placer de olfatear, y la piel la capacidad de erizar los bellos corporales. Sin embargo no soy sordo, ni tampoco ciego, ni mucho menos incapaz de sentir, puesto que aún conservo la concepción de mí mismo, no como un cuerpo físico que ya se ha perdido en un laberinto, sino como un pensamiento, que estuvo mucho tiempo extraviado en un hipogeo de carnosidad cerebral centelleando una y otra vez en miles de millones de explosiones sinápticas, puesto que no fue fácil concretarme en una idea que abarque todo mi ser, aunque el rumbo siempre me fue fácil divisarlo. He buscado durante años el elixir de la vida en los libros, cómo prevalecer el pensamiento humano, cómo trascender sin el cuerpo que he dejado atrás, ese cuerpo que se pudrirá en cuestión de años y desparecerá tan sólo en cuestión de siglos.
Así pues, me proclamo, ante todo testigo Alejandrino, Inmortal. Inmortal por mis ideas infinitas, por mi imaginación sin límites, por mi insaciable deseo de sabiduría…y sin embargo, sigo siendo ignorante, ignorante ante todo el conocimiento y saber que acompañan y acompañarán a la humanidad a lo largo de toda su existencia, pero nunca seré ignorado.
Dicho esto, me complazco al arder en este recinto junto con todas las pasiones que miles de literatos derramaron con tanta efusividad en estos libros, pero no sólo autores de miles de obras, sino también autores de mi Inmortalidad.